Albert Einstein decía (aunque suena mucho a exageración), que la única manera de ganar en la ruleta es robando dinero de la mesa. Al parecer hay quienes tienen la misma opinión, o simplemente encontraron un método eficaz para vencer a la casa.
Corría el año 1873, cuando el británico Joseph Jaggers, ayudado por seis asistentes, dio un duro golpe al casino Montecarlo, al ganar más de 325 mil dólares en una de las ruletas, al descubrir un fallo en esta, que explotó a su favor. Ganar semejante suma fue una auténtica calamidad para la casa, naturalmente, pues representaba una gran fortuna en esa época. Muchos jugadores (y también muchos casinos), se han aprovechado de ruletas desbalanceadas desde que se inventó la ruleta, aunque hoy en día es muy rara tal situación.
En 1970, un grupo de hackers, auto-denominados como “Eudaemons”, venció a la casa, ayudado por una curiosa combinación de zapatos/ordenadores, que les permitieron predecir los números en los que con mayor probabilidad caería la bola de la ruleta.
Ayudados por una cámara y un osciloscopio, Doyne Farmer y Norman Packard, de la universidad de Santa Cruz, California, y luego de varios experimentos y cálculos (compraron su propia ruleta para experimentar con ella), intentaron descifrar los secretos de este juego. Al notar que la complejidad de los cálculos iba en aumento, decidieron crear un ordenador especializado, que recibiera datos del exterior con el fin de encontrar la sección donde la bola se detendría. El ordenador cabía en un zapato, y se nutría con información proporcionada por un interruptor accionado por el dedo gordo del pie. La respuesta de la máquina era recibida a través de varios solenoides (bobinas accionadas eléctricamente) que indicaban (por medio de suaves golpes en el estómago) al que usaba el aparato, a cuál de las secciones era oportuno apostar. Además de construir un invento que no suena muy revolucionario desde el punto de vista de la moda, los solenoides causaron quemaduras de cierta consideración en la piel de uno de los universitarios, por lo que abandonaron el proyecto, eso sí, llevándose a casa 10 mil dólares, luego de dos años de investigación y muchos gastos.
Los titulares de la prensa británica del 23 de marzo del 2004 consignaban que dos serbios y una húngara, cuya edad rondaba entre los 30 y 38 años, apoyados por un rastreador láser incorporado en un teléfono móvil, enviaban la información recabada por el aparato, que apuntaba hacia la ruleta, a un ordenador remoto, que a cambio proporcionaba información sobre a qué números debían apostar. Producto de esta aventura tecnológica, se hicieron con un millón trescientos mil libras esterlinas, aunque la administración del casino (el Club Ritz), muy celosa de sus ganancias, revisó las cintas de las cámaras de seguridad y concluyó lo que la noticia menciona, por lo que llamó a la policía, que congeló su dinero en el banco hasta que concluya la investigación. En vista de que ningún abogado pudo encontrar manera de desplumar de sus ganancias al trío de sui generis jugadores serbio-húngaros, la policía se vio forzada a reintegrarles su dinero y dejarles marcharse.
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